"Buscar y encontrar"

Por Lucio Muñoz
Un comentario a la frase:

"Yo no busco, encuentro".

Parece lógico que comencemos por tratar de definir en qué consisten esos apetecidos hallazgos a los que se podría referir Picasso. Cada artista tiene su propia experiencia y yo sólo puedo hablar de la mía.
 
El hecho de buscar no presupone el hallazgo y el hallazgo no siempre va precedido de la búsqueda o, precisando más, lo que se busca no es con frecuencia lo que se halla, y muchas veces lo hallado nos puede parecer no buscado, aun cuando haya sido consecuencia lógica de una elección entre múltiples opciones.

Es como un proceso de selección natural en nuestra mente, que nos ha conducido a ese hallazgo. Todo hallazgo es una consecuencia, un resumen parcial o total de los estímulos de toda índole recibidos a lo largo de nuestra vida. El hallazgo sólo lo es si aquello inesperado que surge en el cuadro en apariencia por azar, o bien, como resultado de un cúmulo de acciones más o menos contradictorias, nos produce un estímulo.

Es como un chispazo que, si bien aporta algo nuevo, somos capaces de reconocer, porque tiene un "enganche", una relación con nuestras búsquedas y andaduras anteriores; ese hallazgo es como una parada estimulante en nuestro recorrido. Como consecuencia de todo el trabajo anterior hemos "encontrado" algo y ese algo nos enriquece y da fuerzas para continuar el camino, ya que su inclusión como experiencia en nuestro equipamiento mental va a transformar en alguna medida el futuro. Es en gran medida nuevo.

Podríamos decir que es hallar algo que antes no existía, no podía existir, ya que se configura en el encuentro de todo el bagaje del pasado con la situación precisa del momento.

En este encuentro, siempre diferente, aparece como una nueva solución, una nueva riqueza, con posibilidades de ser aplicada y aun enriquecida.

P
odríamos definir el hallazgo como los dientes de sierra de la creatividad, el resto es oficio y es información, aunque también otras muchas e importantes cosas: libertad, vocación, imaginación, trabajo, pasión, lucidez, obsesión, etc., y a su vez estas cualidades son necesarias para escalar con fortuna esos dientes de sierra.

El hallazgo es la incursión en lo desconocido y la sorpresa que produce la inesperada habitabilidad de ese lugar. Hay algo de familiar en ese misterio que nos hace identificarnos con él, sin que podamos racionalizarlo plenamente, lo cual supone una garantía de novedad ya que la racionalización del misterio es imposible sin que este desaparezca.

Tiene que haber, pues, cierto grado de identificación, familiaridad o habitabilidad para que el hallazgo exista, resulte inteligible y no lo pasemos de largo.

Lo que encuentras tiene que poder ser tuyo, y ser la consecuencia de ese encuentro, que quieras o no, has estado propiciando a lo largo de toda tu vida. Es el resultado de lo que podríamos llamar búsqueda, una larga búsqueda. Cada uno encuentra lo que es capaz, lo que se merece, sólo un hombre de alguna forma extraordinario tendrá hallazgos extraordinarios.

En arte casi siempre se está buscando. Se puede buscar antes, después o en distintas fases de la realización de la obra. Desde que nos enfrentamos a la superficie blanca y surgen los primeros impulsos, las primeras acciones sobre el cuadro, se está buscando, se está como formulando una pregunta casi siempre llena de inseguridad, pero lógicamente se está también esperando un resultado satisfactorio, una respuesta. Esa respuesta no siempre llega, o llega semioculta por mil causas o circunstancias y la dejamos pasar de largo, no la hemos identificado.

La experiencia, que sólo nos sirve para evitar en parte los fracasos, no para repetir aciertos, la experiencia, digo, nos aconseja la actitud en cada caso idónea para que se produzca el apetecido hallazgo. Cada artista tiene su receta. Trataré de definir la mía. Por supuesto que es cambiante, ni siquiera esto que llamo receta puede garantizar que tenga una duración superior a unos meses ya que la propia receta se configura y cambia, como van cambiando los propios mecanismos del proceso de creación. En arte todo lo que por una causa u otra podamos llamar receta suele conducir al desastre, porque la creatividad es enemiga de lo conocido, lo conocido sólo sirve como palanca, el salto siempre será en el vacío, por eso cualquier fórmula tiene que ser aleatoria, susceptible de cambios y mutaciones. Hay que aprender a vivir en el alambre, la inseguridad debe convertirse en un estímulo

Siempre he tenido presente y he citado muchas veces una frase de Kafka en sus diarios que leí en mi primera juventud. La frase dice así: "Existe un punto sensible de donde parten las infinitas irradiaciones del espíritu, conozco su existencia y lo dejo desplazarse, trazo un círculo alrededor del punto y cuando el punto se desplaza, desplazo yo el círculo para impedir que se toquen". Esta fórmula, técnica, mecanismo intuitivo, astucia, o como quieran Vds. llamarla, es como mi Constitución. Con frecuencia tengo que recurrir al tribunal constitucional, y si fuera necesario, porque aparecieran en mi obra signos de excesivo control o caos manifiesto, no tendría inconveniente en demolerla o iniciar un periodo revolucionario.

La libertad interior es el oxígeno del arte. Todo es cuestionable y aunque eso produzca inseguridad, garantiza la libertad de movimientos, del punto en el círculo del que hablaba Kafka.

Si tuviera que establecer un orden en el mecanismo del proceso sería el siguiente: previamente pondría nombre a la receta. Podría ser este: Método para lograr que el conejo asome por la manga y para su identificación y posterior captura. Que nadie tome nota, ya que si bien el de Kafka puede ser útil, el mío es un método intransferible, al menos parcialmente.

En primer lugar hay que tener la mente despejada, y estar en perfectas condiciones físicas. De lo contrario vale más dedicar el día a otra actividad. Cualquiera puede resultar más útil incluso para el propio cuadro.

Entrar en el estudio con actitud desenfadada, puede ser silbando, y no dirigirse al cuadro con ansiedad, ni siquiera mirarlo en un principio.

Una vez sentado frente al cuadro pero sin mirarlo, con un cigarrillo encendido, si se fuma, y en todo caso con gran tranquilidad y un café, es conveniente comprobar que el espacio está tranquilo y nada distrae. A continuación se mira el cuadro de repente y este puede ser el instante en que el cuadro se deja sorprender con más facilidad. Ha pasado la noche, el cuadro ha descansado, para bien y para mal, porque a veces hasta ha olvidado tu amor, tu odio, tu aburrimiento o entusiasmo y pretende desentenderse como si no te conociera, o mostrara sólo la ridiculez y falsedad de las huellas que en él has dejado.

Cuando por el contrario hace signos de reconocerte, o excepcionalmente se muestra exultante y hasta te provoca, ha llegado el momento de poner la música adecuada, de tomarse un Actrón efervescente y estar dispuesto a entablar un singular combate donde puede pasar de todo, pero que como ya está bien encauzado pronostica un final feliz.

Una vez entablado el combate, que no es otra cosa que la búsqueda de un equilibrio, primero en el alambre y después en la dosificación de la pócima que le das al cuadro, es conveniente, si el cuadro aún no está moralmente vencido, es decir, si no has podido aún agarrar por las orejas al conejo, no aferrarte a ningún acierto parcial, no arropar ni adornar los aciertos porque esta actitud suele ser fatal. El acierto sólo puede ser el hallazgo pleno y si se confunde cualquier signo gratificante con las orejas del conejo, estarás confundiendo creatividad con bien hacer, y el acierto superficialmente grato, con el arte. Si se produce esta confusión, es decir, si la detectas, que es lo difícil (porque producirse, siempre se está produciendo), lo mejor que se puede hacer es, de la forma más contundente, destruir todo lo que aparentemente está bien...Y esto sí que es fácil, conseguir que el cuadro llegue a estar horrorosamente mal, para poder partir otra vez de cero sin tener que hacer estúpidos equilibrios para respetar un acierto que sin ser sustancial lo condiciona todo.

A partir del momento en que se ha producido el hallazgo, o al menos tienes esa impresión, todo es maravilloso. El tiempo que falta para terminar el cuadro es el tiempo más dulce. Es aconsejable, no obstante, no dejarse llevar por la euforia añadiendo afeites y perifollos innecesarios. Has encontrado algo, y ese algo hay que condimentarlo poco y bien, de lo contrario corres el riesgo de que desaparezca por culpa de esa euforia que te lleva a la ostentación.

Podría continuar casi indefinidamente enumerando los mil artilugios que sólo algunas veces conducen al "encontrar" picassiano, pero considero más útil terminar esta receta diciendo que es mucho más difícil encontrar cuando se conoce con precisión lo que se busca, ya que en ese caso queda excluida la sorpresa en el hallazgo y entonces ¿qué hallazgo es ese? y ¿qué estímulo puede producir encontrar lo que ya conoces?, o ¿para qué preguntar si tú mismo te fabricas las respuestas?.

Esa fabricación de respuestas, además del engolamiento en la pregunta, es lo que yo entiendo como falsedad en arte, pero es un engaño que con frecuencia tiene éxito. No es fácil de detectar porque, por un lado, hay artistas maestros en el fingimiento, y por otro, no es frecuente la finura, sensibilidad y receptividad en el contemplador, sea aficionado en general o crítico en particular, lo que resulta más grave. Pero estas consideraciones me conducen a otros laberintos que no vienen al caso.Tratando de aplicar a Picasso lo dicho anteriormente, mi opinión se podría resumir en que Picasso nunca buscaba de esa manera tramposa a que me he referido porque no lo necesitaba; en Picasso el hallazgo era como la marca de la casa, su huella digital. Tenía patente de corso, libertad absoluta, podía partir de cualquier enunciado, podía apoyarse en el arte de cualquier época, cultura o artista y todo lo hacía suyo. Hizo e intuyó casi todo. Insisto en que no era tramposo, siendo paradójicamente el artista más tramposo del siglo XX. Pero sus trampas siempre consistían en convertir el agua en vino, eran trampas inimitables, casi milagros. En todo lo que tocaba dejaba una huella de creatividad inconfundible, y la dejaba no siempre con esfuerzo, sino casi siempre con aparente facilidad, si nos atenemos al desenfado y hasta la desfachatez de su personalísimo lenguaje plástico. Es lógico que tuviera la sensación de no buscar; el hallazgo se producía de forma casi automática. Por eso no eran sus hallazgos iconográficos los más importantes, ni siquiera la apertura de nuevos caminos...más bien rompía y cerraba caminos y destruía iconografías, pero la huella que dejaba en esas acciones era la marca inconfundible de su genialidad. El no tenía que esperar la aparición del conejo en la manga o la chistera. El conejo era él. Podía haber dicho como el lobo de Caperucita en el chiste, ante tanta insistencia sobre el tamaño de las orejas o de la boca de la fingida abuelita: ¡Nos ha jodido, como que soy el lobo!.

Texto del catálogo perteneciente a la exposición Lucio Muñoz íntimo en el Museu d’Art Espanyol Contemporani, Fundación Juan March de Palma de Mallorca, 2003




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