De la mano al espacio

por Javier Maderuelo

Texto del catálogo para la Exposición "Chillida, elogio de la mano", Museo de Arte Español Contemporáneo (Fundación Juan March), de Palma de Mallorca, 2003.

 

 
Recordemos cuán pequeñas son las manos de los hombres,
qué rápidamente se fatigan y el poco tiempo que les ha sido dado para moverse.
Nos preguntamos quién domina esas manos.
¿Quién es ese hombre?

Rainer Maria RILKE: Rodin, 1903.
 

Las manos y el espacio de Chillida

Cuando, al borde de 1950, Chillida comienza a mostrar sus primeras obras en galerías de arte, el expresionismo de la denominada Escuela de Nueva York se halla en su momento álgido, identificándose la abstracción como sinónimo de modernidad. Chillida, que entonces residía en París, se formará como un escultor eminentemente abstracto y expresionista, como un artista de su época y, como tal, le reconocemos hoy. Los caprichos del mundo del arte, con su mercadotecnia específica, sus políticas culturales y su pedagogía populista, escindieron el denominado “arte contemporáneo” en dos categorías maniqueas: abstracto y figurativo, generando una falsa oposición irreconciliable entre ambas. Frente a estas posturas Chillida no va a tomar posición ya que, como se muestra en esta exposición, siendo un escultor abstracto, durante toda su vida creativa no ha dejado de dibujar con precisión realista sus propias manos y de trasponer a lenguajes abstractos estos dibujos, forjándolos en hierro, armándolos en hormigón o tallándolos en alabastro.

La rápida y consistente fortuna crítica cosechada por Eduardo Chillida como escultor de formas espaciales hace olvidar, algunas veces, que su trabajo tiene otra vertiente no menos importante e interesante, cual es la de dibujante y grabador, la de creador de formas que se desarrollan en dos dimensiones. Como grabador no sólo ha conseguido realizar obras espléndidas, sino que ha ayudado a innovar el género con procedimientos propios, realmente originales, como son las gravitaciones. Por lo tanto, podemos asegurar que el trabajo creativo de Eduardo Chillida tiene dos vertientes: la extensión de masas sólidas sobre el espacio tridimensional y los surcos y trazos realizados sobre el plano de dos dimensiones.


Sin embargo, ambos tipos de trabajo son, en realidad, el mismo trabajo. Lo que Eduardo Chillida traza y estampa sobre el papel es inconfundiblemente análogo a lo que construye con sólida materia en el espacio.

Es curioso que un tema recurrente en los dibujos y grabados de Eduardo Chillida, desde sus primeros ejercicios escolares, sea su propia mano. En más de trescientos dibujos y en más de un centenar de grabados aparecen sus manos, en las que se aprecian dedos y uñas claramente representados, convirtiéndose éste en un tema tan obsesivo que ha llevado al crítico alemán Werner Schmalenbach a aseverar que "Ningún otro artista, a lo largo de la historia, ha abarcado este tema con pareja intensidad... no existe un ejemplo igual en el que la mano constituya un tema per se".
 



E. Chillida
Sin título, 2000


E. Chillida
Sin título, 2000


E. Chillida
Sin título, 1946
En realidad puedo aventurarme a asegurar más: casi todas las obras que Eduardo Chillida ha realizado como escultor, como grabador o dibujante, exceptuando solamente una serie de desnudos realizada ente 1948 y 1951, cuando aún practicaba la representación antropomórfica, y algún retrato familiar ocasional, tiene como referente último la mano; incluso aquellas obras que Schmalenbach segrega, mostrándolas aparte en un tercer tomo de su estudio sobre sus dibujos, donde las reúne bajo el título genérico de “formas”, es decir, de formas abstractas.

La crítica e historiografía formalista, que no es capaz de ver en la producción de Eduardo Chillida más que formas sin referente, califica habitualmente sus esculturas de abstracción matérica. Si nos ceñimos al contenido de este calificativo interpretaremos sus obras escultóricas sólo como piezas abstractas, es decir, como obras que surgen de una especulación material y formal para expresar cualidades espaciales. Esto no deja de ser cierto, como también lo es que Eduardo Chillida va a conseguir utilizar la materia de manera altamente expresiva, extendiendo sus propiedades con procesos de trabajo que hacen evidentes sus cualidades ontológicas y sus tensiones materiales. Pero esto no impide formular la pregunta ¿de dónde procede este repertorio de formas contundentes que aparecen en sus dibujos supuestamente abstractos?

Los dibujos y grabados de Chillida, a pesar de su autonomía, no son algo aparte de su escultura, ni algo paralelo, son la clave para poder comprender algunos aspectos de su escultura y para poder interpretar algunos contenidos iconográficos de ella. Cuando contemplamos los dibujos de esta exposición, que representan manos, nos damos cuenta inmediatamente de que el interés no radica en sus cualidades anatómicas o en la supuesta relación de parecido con el modelo, sino que son percibidos como líneas puras y autónomas, como trazos pulsionales que limitan el espacio del papel determinando áreas que quedan encerradas dentro de esas líneas o excluidas fuera de ellas. Pero, ¿por qué dibujar entonces tan concretamente una mano si la representación de cualquier otro elemento natural, como la figura de un árbol o de un perro, podría servir también como disculpa para limitar o encerrar el espacio?

Muy probablemente, la primera experiencia de espacio que tiene un recién nacido se produce al extender la mano y sentir su profundidad y al intentar atraparlo cerrando los dedos. Así, la mano aprehende el espacio real de manera activa, esa misma actividad pretende ser traspasada al papel por Chillida. Las manos que él dibuja no son estudios de academia, ni se presentan extendidas, como las que aparecen silueteadas en las cavernas prehistóricas de El Castillo (Cantabria) o Pech-Merle (Lot), sino que son dibujos lineales que muestran expresivos dedos que giran y se pliegan, es decir, que realizan los mismos movimientos que el artista suele ejecutar cuando dobla, extiende o torsiona el hierro. Se establece así una analogía entre acto y representación que confiere un sentido más profundo a la obsesión de presentar el espacio a través de la acción de mostrar su mano. Todo el espacio se encuentra así resumido en su mano.
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E. Chillida
Sin título, 1946


E. Chillida
Sin título, 1946


Eduardo Chillida
Talleres Larrañaga, Lezo, 1973
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Pero, cualquiera puede argumentar que no toda la obra de Eduardo Chillida surge de las manos ni es consecuencia de la experiencia del espacio que ellas encierran o que fluye entre los dedos, cualquiera puede argumentar que hay en su obra conjuntos de líneas gestuales que parecen no tener ninguna relación con la representación de los dedos. Ciertamente, es muy probable que algunas obras, dada la enorme variedad de su producción, no correspondan totalmente a esta obsesión del artista, pero quiero hacer una observación más sobre un conjunto de aquellas obras aparentemente no relacionadas con las manos, ésta es que los dedos, que son, sin duda, los elementos más reconocibles, no son, sin embargo, los elementos más significantes de una mano. Los quirománticos interpretan la vida y el destino en otro lugar, en los surcos de la palma. Chillida parece también obsesionado con estos surcos. Una buena parte de sus dibujos y grabados, supuestamente irreferenciales, son claramente surcos. La propia actividad del grabado a punta seca consiste en surcar y esta actividad pasará a su trabajo escultórico. En 1968 realizó un grupo de esculturas, tituladas Elogio de la luz, que provienen de la experimentación con la madera llevada a cabo en unas obras anteriores que se conocen con el genérico título de Relieve.

El Elogio de la luz V es un simple bloque prismático de alabastro surcado por un arco de circunferencia y unas líneas rectas. Desde entonces Eduardo Chillida ha realizado decenas de esculturas en alabastro, arcilla refractaria, porcelana e incluso gruesas planchas de hierro cuyo motivo son surcos, que pueden ser interpretados de manera análoga a las señales del destino que se forjan en las líneas de la mano.

Estas particularidades conducen a una reflexión. Si aceptamos que el origen iconográfico de muchas de las obras de Eduardo Chillida, tanto dibujos y grabados como esculturas, pueden ser resultado, consciente o inconsciente, de la estilización de su propia mano, una gran cantidad de obras que ahora quedan arrinconadas en el ambiguo apartado de abstracciones irreferenciales podrían cobrar una nueva luz.

Sin negar todo lo que la escultura de Eduardo Chillida tiene de espacio habitable, con sugerentes cualidades arquitectónicas, y reconociendo el valor urbano intrínseco de algunas de sus obras públicas, hay que insistir en que la idea de espacio de Chillida se concentra en la experiencia, personal e íntima, que surge de la sorpresa del reconocimiento de su propia mano. El espacio que acotan sus obras es el que cabe en su mano, aquel que fluye entre sus dedos.


Texto del catálogo escrito por Javier Maderuelo para la Exposición "Chillida, elogio de la mano", Museo de Arte Español Contemporáneo (Fundación Juan March), de Palma de Mallorca, 2003.
 




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