Hoy os queremos contar  un cuento. 

Nos ha llegado a la redacción procedente de una de nuestras lectoras del Uruguay.

Corresponde a la última parte del relato "CD ROM" de la escritora uruguaya NORMA BLANCO, perteneciente al libro PALABRAS EN JUEGO, recientemente editado en Montevideo - Uruguay (noviembre 2002). 
En este libro se recogen poemas y narraciones de poetas y escritores uruguayos, integrantes del Grupo de Milton Schinca. 


Hoy amaneció lloviendo a cántaros y maldije las inclemencias de este loco verano que me impiden hacer la caminata por el barrio o llegarme a la placita de la otra cuadra y sentarme a leer a la sombra de los eucaliptos. Mirar a través de la ventana de la cocina cómo caía el aguacero e irme al cuarto de mi hijo Pablo sin haber empezado siquiera, la rutina de la casa, fue todo uno.
Destapé la computadora y la encendí. Busqué el "compact" y lo introduje en la ranura del CD ROM. Lo dicho: teclas, teclas son, basta presionarlas, y todo se reduce a tiempo y paciencia.
Como premio a mi constancia, al final surgió en pantalla la pirámide de cristal que cubre el acceso al Museo del Louvre.
Agradecí al cielo porque se iba a cumplir el sueño de toda mi vida. También, tuve un reconocimiento para la electrónica, porque me permitiría internarme en el museo actuando en el "ciber espacio", ya que, en el dominio de lo real, jamás lo hubiera podido hacer una viuda recién jubilada de empleo público, como yo.
Las galerías fueron sucediéndose ante mis ojos con mayor rapidez de lo que hubiera deseado, pero hice un esfuerzo y me amoldé al "software", porque tenía conciencia de que el tiempo apremiaba si quería ver con detenimiento a mis preferidos en el Quai D'Orsay.
Le volví la espalda al Louvre tiritando de frío bajo mi vestidito de seda, demasiado liviano para enfrentar la nevada que había comenzado a caer sobre los bulevares. Me arrepentí de no haber traído, aunque más no fuera, un saquito de lana.
_ ¡Siempre soy la misma imprevisora! _ dije entre dientes porque los labios me temblaban ateridos, mientras caminaba bajo los árboles añejos.
Un desconocido que pasaba a mi lado dio vuelta la cabeza, me miró sorprendido y se acompasó a mi andar.
Se notaba que era un hombre agobiado por el peso de su pasado, cuya mirada obsesiva traicionaba la apariencia de tranquilidad que ofrecía a primera vista. Sus pupilas revelaban el fermento interno que lo abrasaba. Vestía con descuido ropas ajadas y pasadas de moda. Tenía el cabello hirsuto y el mentón cubierto por una rala barba rojiza. Los surcos de su cara estaban intensamente marcados en estrías azules. 
Le faltaba la mitad de una oreja.

Esa figura de escayola bloqueó las imágenes de mi pasado, hurgó en lo más profundo de mí con sus ojos incisivos y, arropada con su chaqueta de pana, me condujo hacia la puerta de roble de un antiguo edificio.
Mientras cubríamos los interminables escalones que nos conducían al ático, sentí que mis piernas se humedecían de ansiedad. Cinturones de nieve bordeaban los escaques de la bóveda vidriada por la que se colaban en la estancia los últimos vestigios de una agonizante luminosidad invernal.
Al encender una bujía, los fantasmas despertaron en sus lechos de lienzo y entonces, con pinceladas de oro y cobre vibrantes como ramalazos de vida, el holandés me arrulló en una caricia intemporal.
Tentó mi boca, y me embriagué de sinuosidades en trigales que parecían danzar, bajo la luz irreverente de un mediodía de fuego.
Me quitó el vestido de un tirón y fue delineando mi cuerpo con empastes fuertes y espesos que me revelaron la turbulencia que me arrasaba el alma. El olor aceitoso de los pigmentos me raspaba en la garganta. Escuché el torrente de mi sangre latiéndome en las sienes y mis manos fueron alas bajo la aspereza de su camisa de tartán.
El cabello hirsuto y la barba rala me cosquillearon en el mentón, en los pezones, en el vientre. Mis muslos se enredaron en los suyos. Las formas irrumpían en el espacio, arqueándose y extendiéndose, ondulando arrogantes como sierpes liberadas. Círculos de azul intenso giraban y giraban en el aire, hasta perderse en el infinito. En remolinos de frenesí, él fue trazando espirales naranjas y rojas, ardientes como llamaradas vivas.
Enajenado en la intensidad de la concepción, socavó en abismos insondables hasta hacer estallar el sol en mil pedazos, dentro de mí. 
Cerré los ojos y me dejé crear.
Pablo hizo girar la llave en la cerradura y entró en la salita. Le llamaron la atención el silencio y el desaliño de la casa.
_ ¿Dónde se habrá metido Mamá? - se preguntó, mientras me buscaba por las habitaciones vacías.
Me encontró sentada ante el ordenador con los ojos abiertos y la mirada perdida en la pantalla, donde se reflejaba la pirámide de cristal. Me tomó por los hombros y me sacudió con fuerza. Me desmadejé como una muñeca de trapo. Estaba exhausta.
_ Cuando vuelva en sí _ se dijo en voz alta _ va a tener que explicarme muy bien qué hace con el vestido mal abrochado, la cara y el cuerpo sucios de pintura y, cosa de locos, sosteniendo entre las manos dos girasoles de estuco.

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