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La
lucha por el poder, la competencia en un mundo de hombres donde todo estaba regido
por sus designios, en unos momentos de expansión internacional, conducen
a Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, a la adopción de posicionamientos
inusuales para la época. Pero la historia es como los seres humanos, siempre
envuelta en un halo de misterio, en un paradigma de los deseos, en un laberinto
de pasiones y desencuentros, circunstancias excepcionales y actitudes acordes
con la propia existencia. Luchar con la fortaleza de los elegidos por el destino,
para hallar el sustento de los suyos, empleando métodos ortodoxos o poco
ortodoxos: ni más ni menos que los que utilizaban los demás para
conseguir sus propósitos. La única pega es que era mujer, sexo femenino,
débil, que tenía que estar destinada a esposa de o bien a monja
recluida en un convento dada su alcurnia. Circunstancias del destino, un carácter
avezado y una propuesta digna de encomio, todo ello en línea con su elevada
decisión de conseguir los objetivos trazados al precio que fuese la condujeron
al trágico destino.
Los artistas
que interpretan a la Princesa de Éboli en esta exposición basan
sus discursos en la esencia del carácter de Ana de Mendoza, en sus intríngulis
pasionales, en su fortaleza como ser humano y mujer. Admiradores de su poder de
desafío, de sus habilidades con la espada y en la corte; adoradores de
una estética sutil bella, con un solo ojo, el famoso parche, que la convierte
en leyenda, en mito de la historia castellana y universal. Profundizan en la mujer
de carácter, en su valentía, en su capacidad de sufrimiento continuo,
en sus habilidades para conducirles a la persistencia de la elaboración
de la narración en la que Ana de Mendoza, ya no es Ana, es la Princesa
de Éboli, la que defiende a capa y espada sus derechos. Dicen que fuma
en puro, que participa de las intrigas políticas, del poder temporal que
enlaza con los designios más preclaros.
Busca
la salida a su propio laberinto, que es la capacidad de aguantar, esquivando las
prebendas inconsistentes que se le ofrecen y ahondando en su posicionamiento peculiar
en los momentos clave de su proceso de acercamiento a las cotas dominantes de
lo real. Evocadora de fantasías, las suyas, que trata de hacerlas realidad,
pero empleando su verdad para tomar partido, incluso contra los intereses de su
rey. Ante todo mujer excepcional.
También
hay mucho de drama, de historia turbulenta, de crueldad y de actos nimios. El
mito, en los pinceles y obras de algunos de los creadores participantes se diluye,
en ocasiones, en la nada, descubriéndonos, ante todo, a la mujer, pura
y simple.
Una mujer que, aunque no muy
alta, era bella, más bien agraciada. Quizás, en la retina de otros
es vista como la artífice de la belleza reivindicativa, de la mujer-hombre,
ser andrógino que cabalga por los vericuetos de la vivencialidad. Entidad,
supra-entidad, ser de carne y hueso que muestra sus designios, sus deseos, sus
anhelos, llorando y riendo, siendo otra vez niña. |
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También
los hay que la interpretan como una mujer realmente estética,
aristocrática, elegante, donde la sensualidad de la mirada se transmuta
en un placer para la visión, alejándose de la historia, de los hechos
que acontecieron, de la dinámica cotidiana del momento en que pasó
todo.
Extrapolan su personaje, fijándose
en la parte física, en la belleza material y perecedera, para comunicar
esa suerte de extraña iluminación que siempre la acompañó
en todo momento y circunstancia. Una iluminación especial, basada en la
sensibilidad para con los suyos, su marido y sus tierras. Con una actitud de protección,
madre coordinadora de las tareas, caudilla que en la Castilla de entonces y también
en la de ahora aún hay muchas. Sociedad matriarcal sumida a los designios
de los grandes señores, caballeros curtidos en mil guerras, que lucen sus
espadas, que conquistan nuevos territorios para la grandeza de España.
Pero es una conquista eminentemente masculina, en la que participan soldados-hombre,
reyes-hombre, que dictan leyes que controlan de forma masculina. En este entorno
viril, de grasa, sudor, lechos de madera, caminos polvorientos, vino, cantinas,
castillos de piedras, armaduras y caballos veloces, surge la voz de la feminidad,
de la mujer que se eleva por encima de la nubes, que se aparece con la fuerza
que da la convicción, en unos momentos de un ligero cambio en Europa y
también en nuestro país, aunque mucho menos, dentro del ámbito
de lo femenino.
Hay un cierto predominio
de la Princesa de Éboli en las obras que concurren en la muestra en el
que la descripción manda en un entorno de matizaciones, en un contexto
sutil, precioso, en el sentido de edificación de una princesa que quiso
ser reina, que pretendía alcanzar los altares de la coronación y
que terminó controlada y encerrada en su propio desdén, aislada
de los territorios que ansiaba. De ahí que mande la figuración,
con un acento claro en el simbolismo, en la elegancia icónica. Hay un deseo
de carnalización, de darle vida, de vestirla de nuevo con los ropajes de
la época, para que así, de esta forma, cobre mucho más fuerza
su personaje vital, su fervorosa mirada que va hacia los salones tapizados, los
candelabros elegantes, los murales y las obras pictóricas colgadas, en
un entorno de delicada sobriedad, con algunos toques excesivos de decoración
forzada.
Hay también otras producciones
más expresionistas, que remarcan el desencuentro o bien la provocación,
convirtiéndola en un emblema de lo dispar, díscolo, ahistorico e
intrahistórico. Porque la Princesa de Éboli es hoy un paradigma
de los deseos de todos aquellos que se sienten diferentes ante una sociedad globalizada,
estandarizada, en la que prima el mercado, en un medio estructurado, medido, controlado
y dirigido, para evitar excesos.
La Princesa
de Éboli, anuncio revolucionario de una época que se aleja de nuestra
memoria, que pretende conectar con la fervorosa virtud de lo elemental, en el
sentido de mostrarnos la miseria que siempre envuelve el alma humana. El afán
de poder, la lucha de poderes fácticos, en la que, si no sucede un milagro,
siempre gana el poder que más recursos tiene. Es por esa razón que
la Éboli va más allá de las circustancias y de su triste
final. Es el símbolo de los perdedores, de los angelicales seres de las
ciudades que en el mundo han sido y que no se han realizado a plenitud. También
es la madre de los desamparados, de los luchadores sociales, de los que pretendieron
ser y no son, pero siguen siendo lo que son. Princesa de Éboli, mujer que
trasciende su época, que viaja y cabalga más allá de lo controlable,
que se inserta en la esencialidad de lo intuido, que flota a través de
las ideas de la esperanza y que consigue alcanzar sus objetivos más allá
de este mundo. Es decir ser recordada por lo que fue y entronizada en los altares
de la fama, al lado de las potencias de lo visible e invisible. Joan
Lluís Montané De la Asociación Internacional de Críticos
de Arte |
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