La
obra de Luis María Caruncho (A Coruña, 1929) hay que inscribirla
dentro del contexto español y europeo de la segunda mitad del siglo veinte.
Artista que comienza su andadura artística en los años cincuenta
y que expone por primera vez en 1973, su obra es el fruto de una larga evolución
que llega a una decantada madurez tras la meditada asimilación de la modernidad.
Las distintas fases de su obra tienen desde un principio un encadenamiento que
hace que sus cuadros tengan una coherencia asombrosa por la fidelidad a unos principios
y reglas dictaminadas de antemano. Caruncho ha realizado incansablemente variaciones
sobre el mismo tema y, como la serpiente que se muerde la cola, siempre ha llevado
a cabo el cerrar de la circunferencia de sus ciclos pictórico-plásticos
con una unidad que confirma su girar en torno a la idea obsesiva de una obra perfecta
y armoniosa, clara y alegre, serena y constructiva en el total sentido de la palabra.
Luis
Caruncho, haciendo caso omiso de las incidencias temporales, colocándose
adrede al margen de los acontecimientos históricos y de los accidentes
cotidianos de su vida personal, ha realizado y sigue realizando una obra que busca
lo perenne, lo perpetuo o sempiterno. En su taller, fuera de las ajenas contingencias
exteriores, se divierte con el ensimismado quehacer de dar orden a una obra abstracta
en la cual cristalice la inmarcesible noción de la belleza que rige la
superior esfera del arte, de acuerdo con la afirmación de Einstein, Dios
no juega a los dados con el universo
Y
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Abanico
negro.

Diafragma.
 Proyección
gris y marrón
 Vicisitudes
plano 4.
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